Todo comenzó con aquella mañana de Septiembre.
Las hojas ya estaban poniéndose de ese color dorado hipnotizador y el viento ya mecía los árboles.
Alexandra.
Alexandra era de ese tipo de adolescentes que tienen alma de lobo y piel de seda.
Su alma era extraordinariamente fuerte al igual que dolorosa. La joven desconocía la primera parte, es más, siempre pensó que era débil.
Se miraba en el espejo y no veía más allá de una chica de pelo negro azabache y ojos verdes. Era pálida, su piel era tan blanca e impoluta como la propia nieve.
No fue consciente del peso que recaía sobre sus hombros hasta el justo momento en que tuvo enfrente la situación.
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