Don't cry to me, if you loved me, you would be here with me!-gritaba una y otra vez, con la adrenalina hasta el cuello mientras recorría la larga estancia una y otra vez.
Fui a la terraza a pocos metros de mi vestidor. Miré mis dominios. Me pertenecía hasta donde mi vista alcanzaba, incluso lo que quedaba tras las grandes montañas que hacían frontera con Francia, todo era mío. Cada persona que habitaba allí me debía lealtad y fidelidad, todo estaba en mi mano, excepto una cosa: Mantener a mi amado sobrio durante más de una hora.
En la planta más baja de lo que se podría llamar mi habitación le escuchaba discutir con mis siervos. Él quería subir a disculparse bajo cualquier cosa, pero mandé orden de mantenerle lejos de mí.
Quería que al menos recapacitara durante un rato de lo que había hecho.
Me había hecho perder grandes sumas de dinero con sus carreras de caballos a las afueras del reino, como de costumbre.
Yo, la primera mujer que había obtenido el poder con todas las consecuencias y cargos que eso conlleva. Y en cambio él..
Un triste campesino que se hubiera muerto de hambre de no haber sido por que me robó el corazón con tan solo 12 años.
Irrumpió en la habitación de repente.
Sus largos cabellos color azabache se dejaban caer sobre sus fornidos hombros, su mirada era parecida a la de un león ante su presa, y sus puertas del aliento algo único y fascinante.
Me miró con seriedad mientras daba un portazo tras de sí.
-Yo.. perdóname-dijo mientras apoyaba la espalda en la puerta, sofocado. Seguramente se las habría tenido que ver para conseguir burlar a mis siervos.
-¿Por qué se supone que debo perdonarte, Jean?-me acomodé en los sillones decorados con seda de colores vivos.
-Porque no volverá a pasar-asintió en rotundo, seguro de sus palabras.
-¿He de creerte?
Sí-dijo con aplomo Jean.
Me levanté de los grandes sillones y me asomé de nuevo. El aire me golpeaba la cara con suavidad, cerré los ojos y susurré:
-Tal vez deberíamos dejar esto.. Estoy harta de las habladurías del pueblo.
-¿Me.. me dejarías?-su voz sonaba angustiosa.
Noté como se aproximaba hacia mí.
Me giré y le miré. No podía evitar perderme en aquellos ojos que parecían trasladarme al mismo corazón del mar.
-Tal vez.
-No, no, no, no, no puedes hacerme eso Alexandra yo.. yo te amo.
-Pero a veces eso no es suficiente..-mi voz se quebró al final. En un intento de devolver mi carácter de hierro a su sitio apreté los labios y finalicé- Abandona la habitación o mandaré a la guardia a subir.
Tal vez me estaba pasando en llevar aquello tan lejos, pero en aquél momento el odio era el 98% de mí, no había lugar para la compasión, cariño o ni siquiera el amor.
Aparté la mirada intentando no mirarle, pero oía los latidos de su corazón, frenéticos.
Se arrodilló ante mí rápidamente, con los ojos llorosos y sacó una caja de terciopelo de color púrpura. La abrió y dentro había un sencillo pero delicado anillo de oro blanco con pequeños diamantes engarzados.
-Lo he hecho yo mismo.. -murmuró.
Aquello había terminado con mi intento de mantenerme firme, rompí a llorar antes de abrazarle.
-Me complicarás la vida, lo sé.
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