miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mereció la pena.

Las gotas congeladas de lluvia cayendo fluidamente sobre el lago era todo a los que mis oídos podían llegar. Parecía estar tumbada sobre una fría roca, pero no tenía claro lo que era, deslicé los dedos con grandes esfuerzos alrededor de aquella plataforma, pero no parecía ser una piedra, sino un conjunto de piedras y tierra.
 Abrir los ojos en aquel momento era como levantar una enorme piedra de 2.000k, así que intenté pensar donde estaba y por qué. Recordé ir en mi coche, a más de 200km/h después de haber salido del cementerio, había tenido que aguantar media hora delante de la tumba de mi amado, de Eric.. quien nunca volvería a casa a la hora de comer.
Sentí como si mi cuerpo se hundiese más en el suelo, tras la capa terrestre tal vez ante la simple idea de aquello.. Era más de lo que podía soportar.
 Las gotas se acumulaban en mis párpados lo que me hizo pestañear con rapidez, por primera vez en mi vida,  parpadear dolía. Me toqué mi rostro helado con las yemas, y al hacerlo me di cuenta de que mis dedos estaban cubiertos de algo viscoso. Miré mis manos y las encontré impregnadas de sangre. Acto seguido me invadió el mayor dolor físico jamás imaginado. Sentía como si cada una de mis células ardiera, después se congelaran y por último se quebraran para romperse en un millón de pedazos. Me retorcí sobre mí misma, pegando alaridos secos que se quebraban en mi garganta.
No sé cuanto tiempo pasó, no sé a donde fui pero en aquella oscuridad no había dolor, ni siquiera la tristeza de haberle perdido, era simplemente la nada.
Una luz cegadora se colocó ante mí, cerré los ojos con fuerza, pero ella parecía estar dentro de mí de algún modo.
Abrí los ojos, y me encontraba de nuevo sobre la mojada tierra, en aquel bosque a pocos metros del lago. Ya no llovía, pero la humedad permanecía, aunque yo no era capaz de sentirla por completo.
Me levanté con facilidad y entonces pude mirar mi cuerpo.
Mis vaqueros estaban rasgados y dejaban ver millones de arañazos hondos bajo éstos, mi sudadera estaba como rota en dos.
Seguí examinándome con la mirada pero algo llamó mi atención.
Una gran barra de acero sobresalía de mi barriga, tenía una gran barra de acero hincada, atravesándome el tronco. Quise gritar, llorar, retorcerme de nuevo, pero no encontré como hacerlo, no dolía.
La claustrofobia me invadió. Me llevé las manos a la cabeza, con desesperación. Miré hacia todos los lados, intentando encontrar una explicación ante todo aquello.
Y la encontré.
Él estaba allí, mirándome melancólicamente con una pequeña sonrisa, mi sonrisa preferida. Avanzó hasta mí con paso lento para abarcarme entre sus calidos brazos, le correspondí al abrazo. No sé si llegué a llorar, pero en mi interior sentía grandes cascadas ante la sorpresa de tener de nuevo su piel contra la mía. Su olor me invadió y me sentí de nuevo en casa.
-Siento haberte hecho esperar, pero ya estamos juntos de nuevo y esta vez para siempre.. -Susurro estrechándome entre sus brazos. Entonces entendí lo de “para siempre”, hablaba totalmente enserio, estaríamos siempre juntos ahora que ambos nos encontrábamos en el mismo punto.
-Para siempre.. -Concluí mientras besaba su pecho, marcando aquello como el principio del fin.
Hizo un asentimiento y juntos avanzamos hacia la eternidad, donde nuestro amor seguiría siendo amor aunque nuestros cuerpos ya no nos perteneciesen.

1 comentario: