jueves, 2 de diciembre de 2010

No existe el control.

La lluvia caía con fuerza sobre el asfalto humedecido por dos días de lluvia.
No llevaba paraguas ni un chubasquero, únicamente una sudadera negra lo bastante gorda para que no me calara. Llevaba la capucha echada y mis cascos ataviados en mis orejas.
En mi oído gritaba con fuerza Corey Taylor el estribillo de nuevo:
“I don’t close my eyes”.
Intenté llevar todo el camino canciones lo suficientemente duras y fuertes para no hacerme pensar, pero la voz de Corey me era demasiado familiar como para mantenerme distraída.
Puse una canción que me habían recomendado que meti por casualidad. Era un grupo que sólo sabía gritar al ritmo de una batería y una guitarra eléctrica.
Entré en un pequeño supermercado, cogí un par de cosas y esperé pacientemente la cosa.
Cuando me disponía a sacar el dinero del bolsillo saltó el aleatorio del ¡pod y comenzó a sonar “El tanto de Roxanne”.
Deposité con rapidez el dinero en el mostrador mientras en mi pecho se abría una segunda dimensión hacia el abismo más insoportable jamás creado.
Me apresuré a salir. La lluvia me recibió con más fuerza que antes. Las calles comenzaban a quedarse a solas y ya había oscurecido.
Sin pensármelo crucé sin ni siquiera mirar.
Todo pasó muy rápido.
De repente unas luces me cegaron a la vez que un pitido resonante que no venía de mis cascos me invadía. En milésimas de segundo me giré para ver que era cuando ya tenía el coche encima.
Frenó a escasos dos centímetros de mi.
Me quedé petrificada, de pie, sin ni siquiera poder pestañear, y mucho menos, respirar.
Se oyó un portazo y de repente unos brazos me tocaban con cuidado los brazos.
-¡Eh!, ¿estás bien?-decía una voz sofocada a mi lado mientras intentaba salir del shock.
No contesté.
-Joder, lo siento, no te he visto chica, ¿estás bien?-vi por el rabillo del ojo como el joven me examinaba con la mirada- Si estás mal puedo avisar a alguien y podemos llevarte a..
-No, no.. –comencé a negar con la cabeza tantas veces como pude, mascullé con la voz quebrada y seca- Estoy bien, gracias.. Y, perdona por no haber mirado.
No miré su rostro, por que sabía que si le veía, me sentiría peor por ser una inconsciente.
Dos minutos después entraba por mi casa con una sonrisa de suficiencia mientras miraba a mi madre intentando aparentar que no había pasado nada.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Nadie dijo que fuera fácil negarse.

Don't cry to me, if you loved me, you would be here with me!-gritaba una y otra vez, con la adrenalina hasta el cuello mientras recorría la larga estancia una y otra vez.
Fui a la terraza a pocos metros de mi vestidor. Miré mis dominios. Me pertenecía hasta donde mi vista alcanzaba, incluso lo que quedaba tras las grandes montañas que hacían frontera con Francia, todo era mío. Cada persona que habitaba allí me debía lealtad y fidelidad, todo estaba en mi mano, excepto una cosa: Mantener a mi amado sobrio durante más de una hora.
En la planta más baja de lo que se podría llamar mi habitación le escuchaba discutir con mis siervos. Él quería subir a disculparse bajo cualquier cosa, pero mandé orden de mantenerle lejos de mí.
Quería que al menos recapacitara durante un rato de lo que había hecho.
Me había hecho perder grandes sumas de dinero con sus carreras de caballos a las afueras del reino, como de costumbre.
Yo, la primera mujer que había obtenido el poder con todas las consecuencias y cargos que eso conlleva. Y en cambio él..
Un triste campesino que se hubiera muerto de hambre de no haber sido por que me robó el corazón con tan solo 12 años.
Irrumpió en la habitación de repente.
Sus largos cabellos color azabache se dejaban caer sobre sus fornidos hombros, su mirada era parecida a la de un león ante su presa, y sus puertas del aliento algo único y fascinante.
Me miró con seriedad mientras daba un portazo tras de sí.
-Yo.. perdóname-dijo mientras apoyaba la espalda en la puerta, sofocado. Seguramente se las habría tenido que ver para conseguir burlar a mis siervos.
-¿Por qué se supone que debo perdonarte, Jean?-me acomodé en los sillones decorados con seda de colores vivos.
-Porque no volverá a pasar-asintió en rotundo, seguro de sus palabras.
-¿He de creerte?
Sí-dijo con aplomo Jean.
Me levanté de los grandes sillones y me asomé de nuevo. El aire me golpeaba la cara con suavidad, cerré los ojos y susurré:
-Tal vez deberíamos dejar esto.. Estoy harta de las habladurías del pueblo.
-¿Me.. me dejarías?-su voz sonaba angustiosa.
Noté como se aproximaba hacia mí.
Me giré y le miré. No podía evitar perderme en aquellos ojos que parecían trasladarme al mismo corazón del mar.
-Tal vez.
-No, no, no, no, no puedes hacerme eso Alexandra yo.. yo te amo.
-Pero a veces eso no es suficiente..-mi voz se quebró al final. En un intento de devolver mi carácter de hierro a su sitio apreté los labios y finalicé- Abandona la habitación o mandaré a la guardia a subir.
Tal vez me estaba pasando en llevar aquello tan lejos, pero en aquél momento el odio era el 98% de mí, no había lugar para la compasión, cariño o ni siquiera el amor.
Aparté la mirada intentando no mirarle, pero oía los latidos de su corazón, frenéticos.
Se arrodilló ante mí rápidamente, con los ojos llorosos y sacó una caja de terciopelo de color púrpura. La abrió y dentro había un sencillo pero delicado anillo de oro blanco con pequeños diamantes engarzados.
-Lo he hecho yo mismo.. -murmuró.
Aquello había terminado con mi intento de mantenerme firme, rompí a llorar antes de abrazarle.
-Me complicarás la vida, lo sé.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Encerrada en mí.

¡Qué te vayas!-grité con furia- ¡Desaparece!
Su imagen inerte me miraba desde la otra punta de la sala, con una sonrisa congelada.
Vete.. –mi voz se quebró antes de comenzar a llorar.
Me dejé caer de sobre el frío suelo y me ovillé durante horas en aquél lugar que parecía ser parte de otra galaxia.
Al despertar la luz fluorescente que entraba por las ventanas me cegaba. Me deslicé por el suelo hasta la zona donde aquella luz no entraba con tanta fuerza. Me topé con unos pies.
Sus pies, permanecía allí. Miraba al frente con la mirada fija en la nada mientras sus hoyuelos le daban vida a su rostro.
Asustada y jadeante retrocedí hasta la pared que estaba justo enfrente de mí, me abracé mis piernas y hundí mi rostro en éstas con la esperanza de que ya no estuviera ahí al abrir los ojos. La angustia se apoderó de mi cuerpo. ¿Qué era aquello? ¿Tal vez una broma de mal gusto?
Pero cuando los abrí permanecía allí, de nuevo.
Me acerqué a las ventanas hechas con algo parecido al aluminio, pero transparente que daban al exterior.
Intenté sacar la cabeza, asomarme y descubrí donde me encontraba, pero me di con aquel extraño material en la cabeza, pero al tacto era algo más parecido al plástico.
Los alrededores de aquella fría habitación se movían, o era donde yo me encontraba lo que se desplazaba.
Atónita, intenté descubrir el paisaje raramente familiar.
Todas las respuestas me golpearon la cabeza una detrás de otra.
El lugar por donde la habitación, su figura marmórea al otro lado de la estancia, y yo avanzábamos era el pasillo de mi casa.
Era una parte de mí la que caminaba, ya que la otra estaba dentro.
La gelidez de aquel sitio no era otra cosa que la sensación de mi corazón, en el cual yo estaba encerrada.
Le miré con los ojos empañados de lágrimas, presa de mí misma.

Entonces caí en la cuenta de que nunca se iría ya que él era la persona que seguiría clavada allí por los siglos de los siglos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La rehabilitación de un corazón. Primera parte.

Me levanté de aquella cama en la más absoluta oscuridad de la noche.
Mi pecho se agitaba y ardía al mismo tiempo, a la velocidad de la luz.
Los jadeos se apoderaron de mí mientras yo intentaba encontrarme a mí misma. Tanteé el suelo congelado con las manos hasta que encontré el interruptor, encendí el flexo para alumbrar la pequeña habitación.
 Giré sobre mí misma un par de veces, intentando hallarme.. pero no me encontraba.
Una gran bola conocida para mí subió hasta mi garganta, empujándome hacia delante. Sabía lo que era eso, las ganas de desaparecer de allí.
Cerré los ojos con fuerzas mientras me apoyaba en la pared, intentando establecer de nuevo mis pensamientos pero se movían tan rápido que no me daba tiempo ni a leer su composición.
Me llevé las manos a la cabeza de forma inconsciente mientras mi corazón me golpeaba con fuerza el pecho hasta el punto en que comenzó a dolerme. Si quería salir de ahí lo iba a tener complicado.
Un pequeño grito es todo lo que salió de mis labios.
10 minutos después me encontraba sentada en una esquina, abrazada a mis propias piernas, mientras la habitación parecía girar alrededor de mí.. o era yo la que giraba, no lo tenía demasiado claro.
Hundí mi cabeza en las rodillas mientras su imagen inexistente me taladraba la cabeza.. como cada día desde hacía meses.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Don't let it fool you..down.

“Es hora de despedirse..”
Leí de nuevo aquellas palabras. Significaba el fin de mi existencia tal y como yo la había conocido.
Solté un jadeo, ahogado ante la perspectiva de vida que tenía por delante, aquello fue el pistoletazo de salida para que las lágrimas acamparan a sus anchas por mis mejillas.
6 meses inexistentes, no podía pensar en nada que no fuera todo lo que quedaba atrás, y todo lo que no había podido sentir, tocar y disfrutar.
En dos días mi vida había cambiado por completo, ya nada era lo que parecía, nada era absolutamente nada. Necesité un punto de apoyo, así que me levante y fui a mi cama.
Hundí la cabeza en la almohada en un intento sin éxito de que el mareo cesara.
El frío pasó a ser algo común en los últimos días, así que no era del todo desagradable. El problema era la angustia, los tejidos que parecían querer trasladarse a otro sitio, y los recuerdos chocando contra recuerdos inexistentes, recuerdos que yo deseaba que pasaran.
Una primera mirada, un primer beso, un primer abrazo, una primera caricia..
Lo que me destrozaba era saber que eso jamás ocurriría, saber que ya no tendría nada cálido en lo que pensar cada noche, saber que todo se había esfumado en 6 meses.
En mi mente escuché de nuevo el estribillo de aquella canción, la canción que me acompañaba cuando estaba rozando el subsuelo.
-“Aren't we just terrified?"-susurré para mí misma antes de dejar mi mente vagar por quién sabe donde.

Prólogo. Ángeles y Demonios.

Todo comenzó con aquella mañana de Septiembre.
Las hojas ya estaban poniéndose de ese color dorado hipnotizador y el viento ya mecía los árboles.
Alexandra.
Alexandra era de ese tipo de adolescentes que tienen alma de lobo y piel de seda.
Su alma era extraordinariamente fuerte al igual que dolorosa. La joven desconocía la primera parte, es más, siempre pensó que era débil.
Se miraba en el espejo y no veía más allá de una chica de pelo negro azabache y ojos verdes. Era pálida, su piel era tan blanca e impoluta como la propia nieve.
No fue consciente del peso que recaía sobre sus hombros hasta el justo momento en que tuvo enfrente la situación.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mereció la pena.

Las gotas congeladas de lluvia cayendo fluidamente sobre el lago era todo a los que mis oídos podían llegar. Parecía estar tumbada sobre una fría roca, pero no tenía claro lo que era, deslicé los dedos con grandes esfuerzos alrededor de aquella plataforma, pero no parecía ser una piedra, sino un conjunto de piedras y tierra.
 Abrir los ojos en aquel momento era como levantar una enorme piedra de 2.000k, así que intenté pensar donde estaba y por qué. Recordé ir en mi coche, a más de 200km/h después de haber salido del cementerio, había tenido que aguantar media hora delante de la tumba de mi amado, de Eric.. quien nunca volvería a casa a la hora de comer.
Sentí como si mi cuerpo se hundiese más en el suelo, tras la capa terrestre tal vez ante la simple idea de aquello.. Era más de lo que podía soportar.
 Las gotas se acumulaban en mis párpados lo que me hizo pestañear con rapidez, por primera vez en mi vida,  parpadear dolía. Me toqué mi rostro helado con las yemas, y al hacerlo me di cuenta de que mis dedos estaban cubiertos de algo viscoso. Miré mis manos y las encontré impregnadas de sangre. Acto seguido me invadió el mayor dolor físico jamás imaginado. Sentía como si cada una de mis células ardiera, después se congelaran y por último se quebraran para romperse en un millón de pedazos. Me retorcí sobre mí misma, pegando alaridos secos que se quebraban en mi garganta.
No sé cuanto tiempo pasó, no sé a donde fui pero en aquella oscuridad no había dolor, ni siquiera la tristeza de haberle perdido, era simplemente la nada.
Una luz cegadora se colocó ante mí, cerré los ojos con fuerza, pero ella parecía estar dentro de mí de algún modo.
Abrí los ojos, y me encontraba de nuevo sobre la mojada tierra, en aquel bosque a pocos metros del lago. Ya no llovía, pero la humedad permanecía, aunque yo no era capaz de sentirla por completo.
Me levanté con facilidad y entonces pude mirar mi cuerpo.
Mis vaqueros estaban rasgados y dejaban ver millones de arañazos hondos bajo éstos, mi sudadera estaba como rota en dos.
Seguí examinándome con la mirada pero algo llamó mi atención.
Una gran barra de acero sobresalía de mi barriga, tenía una gran barra de acero hincada, atravesándome el tronco. Quise gritar, llorar, retorcerme de nuevo, pero no encontré como hacerlo, no dolía.
La claustrofobia me invadió. Me llevé las manos a la cabeza, con desesperación. Miré hacia todos los lados, intentando encontrar una explicación ante todo aquello.
Y la encontré.
Él estaba allí, mirándome melancólicamente con una pequeña sonrisa, mi sonrisa preferida. Avanzó hasta mí con paso lento para abarcarme entre sus calidos brazos, le correspondí al abrazo. No sé si llegué a llorar, pero en mi interior sentía grandes cascadas ante la sorpresa de tener de nuevo su piel contra la mía. Su olor me invadió y me sentí de nuevo en casa.
-Siento haberte hecho esperar, pero ya estamos juntos de nuevo y esta vez para siempre.. -Susurro estrechándome entre sus brazos. Entonces entendí lo de “para siempre”, hablaba totalmente enserio, estaríamos siempre juntos ahora que ambos nos encontrábamos en el mismo punto.
-Para siempre.. -Concluí mientras besaba su pecho, marcando aquello como el principio del fin.
Hizo un asentimiento y juntos avanzamos hacia la eternidad, donde nuestro amor seguiría siendo amor aunque nuestros cuerpos ya no nos perteneciesen.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Reality.

Después de aquella aclaración, corrí hacia el cuarto de baño, como una idiota intentando controlar las pulsaciones, pero ellas, iban a su ritmo, tan alocadas como siempre.
Cerré la puerta tras de mí, intentando no hacer ruido. El ruido vino al pegar mi espalda en la puerta y dejarme caer por ella. Una vez allí, la vida se veía mucho mas miserable que desde una altura humana.
Mi cabeza era algo similar a una licuadora con ingredientes que no tenían nada que ver, mezclándose por un simple experimento de alguien sin escrúpulos.
Abrí los ojos después de un largo rato intentando hallarme, pero en lugar de eso me vine abajo. Rompí a llorar, como un recién nacido que ve por primera vez la luz. El aire no llegaba a mis pulmones, la sangre bajo la piel de los labios me ardía y su recuerdo grabado con fuego en mi mente me destrozaba. Una combinación explosiva.
El murmullo del televisor se oía lejano, y recordé que le había dicho a mi madre que me estaba duchando, así que a duras penas, me levanté del suelo congelado y tuve que enfrentarme contra mí misma. Mi reflejo en el espejo.
Mi pelo enmarañado a un lado, el lápiz de ojos fluía con mis lágrimas por mis mejillas, los labios ojos y nariz de un rojo intenso que contrastaban de forma extrañamente buena con mi tono pálido. Fruncí el ceño ante aquella estampa, y acto seguido solté un jadeo, ahogado al pensar en todo lo que quedaba a mis espaldas, sacudí la cabeza, en un intento sin éxito de salir de aquellos pensamientos.
Abrí los grifos, me desvestí y me metí en la bañera, el agua ardía pero al chocar contra mi piel me daba la sensación de que eran cubitos de hielo. La puse más caliente aún pero me dí cuenta que era mi cuerpo lo que fallaba. Las piernas no me ayudaban demasiado, así que puse el tapón y me senté en el suelo de la bañera.
Me ovillé por que de otra manera mi cuerpo se congelaba.
Al cabo de incontables minutos debajo del agua caliente mis músculos se relajaron, y yo me sentí algo más persona. Me lavé rápidamente el pelo, me aclaré y acto seguido no quedó otra que ponerme de pie. Al mirar mi cuerpo descubrí una marca intachable de borrar en mi pecho, con permanente. Sabía que el problema no sería sacar la tinta de mi piel, sino borrar lo que había bajo mis tejidos.